Santiago Bilinkis: ¿Y si el freno de la educación está en nuestra cabeza?

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Por José Zalazar

El divulgador argentino Santiago Bilinkis, que aprecia mucho al Paraguay, sostiene que el principal obstáculo para transformar la escuela no está en el presupuesto ni en los ministerios. Está en una intuición que muchos compartimos: si aprender resulta fácil, vamos bien; si cuesta, estamos fracasando.

Una escuela que fue campeona

Lejos del cliché que presenta a la escuela como una fábrica de obreros dóciles, Bilinkis reivindica sus logros. En 1820, recuerda, apenas 12 de cada 100 personas sabían leer; hoy, la proporción roza el 90 %.

En Noruega, cada año adicional de escolaridad obligatoria elevó casi cuatro puntos el coeficiente intelectual, especialmente entre los chicos de familias pobres.Pero ese modelo prosperó en un mundo donde la información era escasa y lo aprendido durante la juventud alcanzaba para toda la vida.Ese mundo ya no existe. Hoy, según los datos del Banco Mundial que cita, cuatro de cada cinco niños latinoamericanos no comprenden un texto simple a los diez años.

Lo que sabemos y no aplicamos

Las claves del aprendizaje, afirma, se conocen desde hace décadas: acompañamiento cercano, práctica exigente y actividades ajustadas al nivel de cada alumno.

En Botsuana, una llamada semanal de 15 minutos con un ejercicio de matemática produjo resultados tan buenos que la experiencia se replicó en cinco países.

En India, agrupar a los chicos por sus conocimientos y no por su edad multiplicó por siete su avance en campamentos de 40 días.El límite siempre fue un aula con 30 alumnos obligados a avanzar al mismo ritmo. Para Bilinkis, la inteligencia artificial ofrece, por fin, la posibilidad de personalizar la enseñanza sin quitar al docente del centro.

La trampa de la fluidez

¿Por qué, entonces, cuesta tanto cambiar? Una de las razones es la llamada gramática de la escolaridad: padres, docentes y funcionarios defendemos, muchas veces sin advertirlo, la escuela que conocimos.

Corea del Sur invirtió cerca de 900 millones de dólares en libros digitales y abandonó el proyecto a los cuatro meses, ante la resistencia de padres y sindicatos.

La otra razón es un sesgo mental: confundimos la facilidad con el aprendizaje. En un experimento en Turquía, los estudiantes que practicaron matemática con IA sin restricciones resolvieron más ejercicios y se sintieron mejor preparados.

Sin embargo, al rendir un examen sin ayuda, su desempeño fue un 17 % peor que el de quienes nunca habían usado la herramienta. En Harvard ocurrió algo igualmente revelador: los alumnos de una clase de física más activa creían haber aprendido menos, aunque en realidad habían aprendido más.

El esfuerzo, concluye Bilinkis, suele interpretarse como una señal de fracaso. El famoso » le cuesta la materia» es recibe una lectura mal interpretada. Los adultos tampoco escapan a esa lógica: en los cursos gratuitos de Harvard y el MIT, apenas tres de cada 100 inscriptos llegan al final.

Elegir la dificultad

Bilinkis plantea que, en la era de la IA, el esfuerzo se volvió optativo.Por eso hay que elegirlo de manera consciente y en la medida justa: ni tanto que frustre ni tan poco que aburra.

A los padres les pide que respalden al docente que exige y devuelve un trabajo para que el alumno lo rehaga.También propone usar la IA para pensar mejor, no solo para conseguir respuestas: pedirle que cuestione nuestro razonamiento, explicarle un tema para que detecte errores o dejar que nos haga preguntas. Lo que nos cuesta, sostiene, es lo único que de verdad nos pertenece.